He vuelto a caer en la tentación de escribir,
de dejar vagar mis pensamientos sin saber si quiera lo que escribo, la queja,
la queja se repite en mi mente noche tras noche y realmente ya no sé ni el
porqué la tengo tan presente en mi vida.
He escuchado mil veces que mi vida
es como una telenovela, que debería
escribir un libro sobre todo lo que me pasa, pero no me atrevo, mi vida está
basada en mentiras, o eso espero, no quiero creer en mis realidades, no puedo
llorar día tras día por un mundo que visto difícil, es más fácil que el de la
mayoría; quizás debería reírme como
los demás, emborracharme y seguir como si nada pasase… quizás no, de hecho es lo que hago, me
sorprendo a mi misma sonriendo delante del espejo mientras las lagrimas corren
por los cristales rotos que se quedaron en el suelo de mi pecho y que nunca me paré
a recoger.
Los
cristales cortan, más aun si la cantidad es grande y no llevas guantes de acero
para recogerlos, más aun si vas sin tiempo y debes recogerlos con prisa, se
punzan en tus dedos y te quedas sin la capacidad de utilizarlos, y yo un día elegí
entre utilizar mis dedos para escribir,
o el dejar que los cristales se fueran hundiendo en mi pecho; y lamentablemente
la segunda opción fue mi elección
-
buena o mala –
Ahí quedo y a día de hoy persiste la muy
cabrona.
Soy cabezota, mucho, mi madre me enseñó a
serlo, o lo era antes incluso de poder aprender de la gran persona que es ella.
Nunca me pare a pensar que el vivir sola, podía hacerme descubrir tantas cosas,
que podría hacerme comprender que cumplir los dieciocho no significa vivir la vida
loca porque no tienes a nadie que mande en ti, mentiras, más que eso, pues ni
tú misma puedes llevar el mando de tu propio cuerpo. Cometes errores que luego no
tienes la capacidad de remediar, y por tu orgullo no puedes volver con el rabo
entre las piernas, a pedirle ayuda a tu madre, ella puede tener más problemas
que tú, la mía los tiene.
Y aun así te ríes, no ha sido tanto el daño
del pequeño cristal que se ha clavado esta vez, quizás el siguiente será mayor
y de esta no levantes cabeza, porque ya no te quede oxígeno en el pecho, y
expires por fin; o puede que no, que quien este ahí arriba y nos crease, lo que
sea que hizo que este planeta a diferencia de los muchos otros que existen, seamos nosotros el
planeta en el que exista este tipo de vida, se siga riendo y aunque el próximo
cristal sea más grande y el daño mayor, te permita el seguir viviendo, para que
sigas disfrutando de lo que es aprender de la vida y de los orgasmos del daño,
la humedad de la sangre, y la fluidez con la que se escurre por tu pecho.
Aquí sigo, tras la queja de alguien que persigue amaneceres cuando el cielo está nublado y truena sobre su cabeza, de la que busca estrellas cuando aún el sol no se ha ocultado; la queja de mis pasos perdidos entre las críticas del bullicio de la ciudad, que como yo se quejan banalmente de todo lo que nos rodea, sin tener ni idea del porqué.
Muriendo poco a poco, aclamando la victoria de un final transcrito en libros deshojados, que huelen a polvo y están escondidos, amarilleando, en los rincones vagos del desierto alado de nuestro pecho, muriendo, desangrados, entre palabras mal dichas e infiernos malsonantes, que aunque apetecibles, siguen siendo el paraíso descendente de los que esperan reunirse algún día con la causa del cristal que se encontraba en su pecho, para agradecerle, el haberse saciado inconscientemente de sus escamas, impasibles, a su triunfo.
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