Recuerdo
cuando llegaba a casa
más tarde
que pronto
quizás con alguna copa de más,
y lo único
que encontraba en la cama
era un
incendio de lágrimas.
Pero que
confortable era,
poder dormir
y saber
que no
era solo mi humedad,
sino también
la tuya;
y que habías
dejado aquí tu olor
antes de
irte.
Aquello
era un guerra fría de miradas,
sin ninguna
consecuencia más
que tu
silencio y un portazo a modo de tarjeta amarilla
- Primera falta - .
Aunque las
verdaderas guerras las librábamos en la cama,
cuando desenvainábamos
espadas,
y tu
lengua combatía con la mía,
a ver
quien sangraba antes en el próximo mordisco de labio;
cuando golpeábamos
fuertemente nuestros cuerpos
a modo
de cañonazos,
pero ninguna
salía herida;
cuando nuestros
orgasmos,
solo eran
banderas blancas, que volveríamos a romper
segundos
después
empezando
con otra lucha.
Aun recuerdo,
las cosquillas
de tu estomago,
el escribir
poesía sobre tus caderas
con mis
versos, o mis besos,
pero no
levantarme de la cama,
para no
destaparte con la manta que era mí abrazo,
se me
olvidaban cada una de las palabras que utilizaba
para describirte,
por eso
luego tenía que ir buscándolas por tu cintura
siguiendo
el recorrido de tus lunares.
Pero tú
no comprendías que el desenfreno y mi palabra
no eran suficientes para mantenerte cerca mía,
y te
empeñabas en acercarte,
Cuando yo
te fui alejando con mis ojos.
- Que mirada más ambigua, tan fría y tan caliente -
Me mirabas
y volvía a recorrer tu cara
esa lagrima
valiente,
que cada
dos por tres luchaba por quedarse en tu ojo,
y esta
batalla no podíamos solucionarla con el sexo, cariño,
aunque repito, a día de hoy,
echo de
menos esas batallas.
Te fuiste
dejando la humedad entre mis sabanas,
las heridas
de bala y de tus cañones en mi cuerpo,
y lo
peor,
el recuerdo
entre mis sabanas,
de ese pacto de delirio y lujuria
que ocurría, en las trincheras
de nuestros
labios.
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