miércoles, 23 de diciembre de 2015

La guerra fría.

Recuerdo cuando llegaba a casa
más tarde que pronto
                quizás con alguna copa de más,
y lo único que encontraba en la cama
era un incendio de lágrimas.

Pero que confortable era,
poder dormir y saber
que no era solo mi humedad,
sino también la tuya;
y que habías dejado aquí tu olor
antes de irte.

Aquello era un guerra fría de miradas,
sin ninguna consecuencia más
que tu silencio y un portazo a modo de tarjeta amarilla

- Primera falta - .

Aunque las verdaderas guerras las librábamos en la cama,
cuando desenvainábamos espadas,
y tu lengua combatía con la mía,
a ver quien sangraba antes en el próximo mordisco de labio;
cuando golpeábamos fuertemente nuestros cuerpos
a modo de cañonazos,
pero ninguna salía herida;
cuando nuestros orgasmos,
solo eran banderas blancas, que volveríamos a romper
segundos después
empezando con otra lucha.

Aun recuerdo,
las cosquillas de tu estomago,
el escribir poesía sobre tus caderas
con mis versos, o mis besos,
pero no levantarme de la cama,
para no destaparte con la manta que era mí abrazo,
se me olvidaban cada una de las palabras que utilizaba
para describirte,
por eso luego tenía que ir buscándolas por tu cintura
siguiendo el recorrido de tus lunares.

Pero tú no comprendías que el desenfreno y mi palabra
no eran suficientes para mantenerte cerca mía,
y te empeñabas en acercarte,
Cuando yo te fui alejando con mis ojos.
                
                 - Que mirada más ambigua, tan fría y tan caliente -

Me mirabas y volvía a recorrer tu cara
esa lagrima valiente,
que cada dos por tres luchaba por quedarse en tu ojo,
y esta batalla no podíamos solucionarla con el sexo, cariño,
aunque repito, a día de hoy,
echo de menos esas batallas.

Te fuiste dejando la humedad entre mis sabanas,
las heridas de bala y de tus cañones en mi cuerpo,
y lo peor,
el recuerdo entre mis sabanas,
de ese pacto de delirio y lujuria
que ocurría, en las trincheras

de nuestros labios. 

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