La brisa nos daba fuerte en la cara,
zarandeando nuestro pelo, que se encontraba
más entrelazado incluso que nuestros cuerpos.
Anoche la ribera olía diferente,
olía a ti, a tu perfume, olía a la nebulosa,
que en mi estómago se agolpaba intentando salir,
con una sola palabra "me gustas".
Anoche la luna desapareció ante nuestros ojos,
al igual que esa Córdoba sultana de la que todos hablan,
la música sonaba a lo lejos,
y nosotras solo por un rato,
desaparecimos entre la niebla y la oscuridad de la noche.
Se quedaron los nervios,
las risas, las miradas,
los miedos,
y solo por un instante, tu estabas ahí,
perfecta y exacta,
y Córdoba sabía a ti,
sabía a amor.
María.
Luego volvimos a aparecer ante el mundo,
volvió a sonar la música,
y a ambos lados, en la periferia del casco histórico,
se quedó la niebla,
Y tu me susurraste que era como la historia,
de Moisés separando el agua.
Así es pequeña,
Córdoba nos dio el poder por una noche,
de juntar y separar la niebla a nuestro antojo,
para poder verte a ti, estrella mía,
brillando en ella, en el firmamento,
nos dio el poder
para que nuestro amor, si quisiéramos; fuera un secreto
escondido por segundos entre la niebla.
Córdoba nos dio a noche un porqué,
para seguir con nuestra historia.
Córdoba sultana, cuánto te quiero.
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