Todas las noches la veía,
tras una pantalla,
perfecta, exacta.
Todas las noches deseaba tenerla cerca,
sentir su piel, su calor,
tocarla.
Todas las noches la soñaba, a Ella,
como si fuera un recuerdo,
como si existiera.
Pero al día siguiente ahí estaba,
para recordarme que existía,
que su voz era real,
que sus cálidos labios
ya me habían besado.
Parece absurdo pensar, que mi cuerpo se estaba acostumbrando
a la chica de la voz de terciopelo y la piel pálida
que veía todas las noches por Skype;
como un espejismo, con la piel brillante por la luz del flexo,
parece mentira pensar que mi cuerpo me pedía más y más de ella,
incluso cuando la tenía real, humana, pegada a mí, rozándome.
Pero mi cuerpo me pedía verla todos los días,
me lo sigue pidiendo,
y hasta el momento,
verla, por Internet, escuchar su voz por teléfono,
y por supuesto verla en persona
es lo mejor que entra dentro de mis días.
Ella, tras esa pantalla,
sonriendo y mirándome;
ese momento en que parece que conectan nuestras miradas,
aunque sea a través de una pantalla,
y me olvido del mundo.
Chica del Skype,
no te vayas nunca.
No te vayas, que me hundo.
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